El «resto bueno» (y 3).

El «resto bueno» (y 3).

La existencia de un resto bueno de Israel que fuera el receptor de las bendiciones divinas por comportarse según deseaba Yahvé es una peculiaridad del pensamiento de Jesús y Pablo. La idea, sin embargo, se difuminó en otras especulaciones a la muerte del de Tarso.

Imagen de Clemente de Roma.

Las notas subyacentes a la imagen del olivo con un injerto de acebuche tal como se puede leer en Rom 11, 13-24 podrían resumirse como sigue:

  • Sólo un resto de judíos merecería ser considerado pueblo de Yahvé atendiendo a la “poda” que mencionaba Juan el Bautista y podemos reconstruir en Jesús: ese árbol, como todo olivo agrícola, nunca debe ser considerado el árbol natural sino el adaptado a las necesidades de la producción, mejorado por el agricultor para las mismas.
  • Por tanto, el injerto no puede ser considerado tampoco el conjunto de ramas de un olivo silvestre, más bien todo lo contrario: la metáfora que identifica injerto con paganos es extraordinariamente restrictiva.
  • Tras estos dos matices está la idea de que Abrahán fue padre de muchos pueblos, es decir, el sustrato común entre olivo agrícola y acebuche identifica a los miembros de una misma, pero muy remota, ascendencia. Más que hermanos, judíos y paganos eran parientes lejanísimos.
  • La gran diferencia entre unos y otros radicaba en la atención a las exigencias que demandaba Yahvé, bien derivadas del cumplimiento de la Ley de Moisés, bien derivadas de la Ley universal que se desprendería del comportamiento de Noé cuando no había promulgado Moisés su Ley.
  • En todo caso, se entiende que había una limitación que, para Jesús y Pablo, impedía la inclusión automática en el número de los Hijos de Yahvé.

La existencia, sin embargo, de dos pueblos lejanamente emparentados permitió desarrollar la idea de universalismo, si bien parece que en principio no se aplicó a la humanidad indiscriminadamente. La secuencia se puede reconstruir muy bien en el evangelio de Mateo si leemos los siguientes pasajes:

  1. Mt 8, 10-12: 10 Al oírle, Jesús se admiró y dijo a quienes le seguían: «Con seguridad os digo, de nadie encontré semejante confianza en Israel. 11 Y os digo que muchos procedentes de oriente y occidente llegarán y serán sentados a la mesa junto a Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos, 12 pero los hijos del reino serán arrojados a la tiniebla exterior; allí estará el llanto y el rechinar de dientes».
  2. Mt 15, 21-28: 21 Y marchándose de allí Jesús se retiró a las regiones de Tiro y Sidón. 22 Y he aquí que una mujer cananea procedente de aquellas regiones gritaba diciendo: «Compadécete de mí, Señor, Hijo de David; mi hija está malamente endemoniada». 23 Pero él no le respondía ni palabra. Y tras acercarse sus discípulos le pidieron diciendo: «Despídela, porque grita detrás de nosotros». 24 Él les dijo a modo de respuesta: «No fui enviado salvo a las ovejas perdidas de la casa de Israel». 25 Pero ella, tras acercarse, se puso ante él de rodillas diciendo: «Señor, ayúdame». 26 Y él le dijo a modo de respuesta: «No es bueno tomar el pan de los hijos para arrojarlo a los cachorros». 27 Pero ella dijo: «Sí, señor, pues también los cachorros comen de las migas caídas de la mesa de sus señores». 28 Entonces, a modo de respuesta le dijo Jesús: «Mujer, grande es tu confianza; que te suceda como deseas». Y recobró la salud su hija desde aquel momento.
  3. Mt 28 19 “id y enseñad a todas las gentes, bautizándolos …”,

Cuando leemos esta secuencia encontramos la evolución de la comunidad de judíos que estuvo tras el evangelio conocido como Según Mateo: ya no se trataba de alcanzar a los hijos óptimos de Israel sino de llegar a aquellos parientes lejanos que aceptaran los requerimientos para ser incluidos en el árbol elegido y renovado: podado, injertado y cuidado para producir el aceite de la verdadera unción sagrada.

Había, por tanto, un verdadero “resto bueno” también entre los gentiles, un resto que debía ser incorporado para que las antiguas profecías se cumplieran:

a) Mi 4, 6-7: “Aquel día – oráculo de Yahvé – yo recogeré a la oveja coja, reuniré a la perseguida, y a la que yo había maltratado. De las cojas haré un Resto, de las alejadas una nación fuerte. Entonces reinará Yahvé sobre ellos en el monte Sión, desde ahora y por siempre”.

b) Pero no ocurriría sin los gentiles, máxima prueba del poder Yahvé: Is 2, 2-4, Mi 4, o  Tob 14, 5-6: las naciones, tras reconstruir el templo, llegarán a él temerosas y enterrarán sus ídolos; Or Sib 3, 616: cuando llegue el gran rey, un mesías, los gentiles se arrodillarán ante Yahvé; Or Sib 3, 772: las naciones venerarán a Yahvé en el templo quemando incienso y trayéndole regalos. Incluso para los judíos de la diáspora que ansiaran fervientemente la restauración de su mítico reino divino había pasajes extraordinarios: Za 8, 23 prometía que los gentiles acompañarían a los dispersos; Sa Sal. 7, 31-41 afirmaba que los gentiles se encargarían de llevar a los dispersos a Jerusalén.

La literatura cristiana ajena al Nuevo Testamento da información precisa al respecto. Podemos citar, por ejemplo, un par de fragmentos de Clemente de Roma. En su Carta a los corintios (del 95 d. C. aproximadamente) escribió como encabezamiento (1, 1): “La Iglesia de Dios que reside en Roma a la Iglesia de Dios que reside en Corinto, a los que son llamados y santificados por la voluntad de Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. El texto deja claro que hay que ser llamado para luego ser santificado y pertenecer a ese futuro reino. No todos, en consecuencia.

Un poco más tarde, en la misma carta, escribió Clemente (1, 12): “Y procurabais día y noche, en toda la comunidad, que el número de sus elegidos pudiera ser salvo, con propósito decidido y sin temor alguno”. No hace falta comentario.

Sin embargo, esta línea de pensamiento había quedado desfasada para el autor de Colosenses, escrita en el último tercio del siglo I. En Col 1, 16 su anónimo autor escribió: “Él (Cristo) es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura”, implicando que toda la humanidad había de atender a su ejemplo, no sólo los elegidos. Y en evangelio conocido como Juan (fechado hacia el año 100) se indica que la divinidad no amó sólo a sus elegidos, sino a toda la humanidad (Jn 3, 16-17): “16 Pues tanto amó Dios al mundo, que dio a su hijo único para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga vida eterna. 17 Pues no envió Dios a su Hijo al mundo para que juzgara al mundo, sino para que el mundo fuera salvado gracias a él”.

El cristianismo, quizá animado por ideas estoicas sobre la hermandad universal, quizá llevado por el universalismo del Imperio Romano, acabó por superar la idea de “resto bueno”.

Saludos cordiales.

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