El «resto bueno» (2).

El «resto bueno» (2).

Cuando Pablo de Tarso predicó entre los gentiles pensaba en el resto bueno. Si no en todos los lugares en los que se presentó, sí, al menos, en el único al que dirigió una carta sin haber estado presente antes: Roma. La comunidad judía de la capital leyó su razonamiento sobre el resto bueno.

Estatua de Pablo ante la basílica de San Pablo Extramuros en Roma.

Y dijo (Isaías) a Israel: Durante todo el día extendí mis manos a un pueblo que desconfiaba y replicaba. Digo entonces: ¿abandonó Dios a su pueblo? No. Pues también yo soy israelita, de la descendencia de Abraham, de la tribu de Benjamín. No abandonó Dios a su pueblo, al que de principio conoció. ¿Acaso no sabéis qué dice la escritura en Elías, cómo se dirige a Dios contra Israel? Señor, mataron a tus profetas, destruyeron tus altares y yo quedé solo y buscan mi vida. ¿Pero qué le dijo la revelación? Me dejó siete mil hombres que no doblaron la rodilla a Baal. Entonces, pues, también ahora surgió un resto según elección por merced. Y si lo es por merced, ya no procede de las obras (de la ley), ya que entonces la merced no sería merced. ¿Qué, pues? Que lo que Israel busca no lo encontró, pero el grupo de los elegidos sí. (Rom. desde 10, 21 hasta 11, 7).
El pasaje es relevante para desdecir la falsa idea de que Pablo abandonó el judaísmo: es evidente que Pablo trabajó el concepto de resto bueno en sí mismo. Pero hace falta concretar de qué modo se sirvió de él atendiendo a la historia que anunciaba de la restauración del reino de Yahvé.
Esos siete mil mencionados por Isaías (número, por otra parte, simbólico pues es múltiplo de siete y permite conjeturar una gran cantidad total) serían sólo los judíos aceptados, los absueltos el día del juicio final como cumplidores de la Ley (tal como lo entendía Pablo). Y, a la hora de incorporar a los nuevos elementos paganos, que no podían dejar de ser paganos, Pablo se sirvió de una metáfora también muy simbólica. En la misma carta a los romanos se incluye el siguiente pasaje:
 
Os digo a vosotras las naciones: en cuanto se refiere a que yo soy el apóstol de las naciones, daré gloria a mi ministerio, ¡Si por un casual despertara el celo de los de mi carne y salvara a alguno de ellos! Pues si su rechazo es la reconciliación del mundo, ¿qué será su readmisión sino la vida de los muertos?  Y si la primicia es santa, también la masa; y si la raíz es santa, también las ramas. Y si algunas de las ramas fueron arrancadas, tú que eres acebuche, fuiste injertado entre ellas y llegaste a ser copartícipe de la raíz (que da la) sabia del olivo, no desprecies las ramas. Y si las desprecias, no sostienes tú la raíz sino la raíz a ti. Dirás entonces: “Las ramas fueron cortadas para que yo fuera injertado”. Correcto. Fueron cortadas por su falta de confianza, y tú te mantienes en pie por tu confianza. No pienses grandezas, al contrario, teme; pues si Dios no perdonó a las ramas naturales, no sea que a ti tampoco te perdone (Rom 11, 13-24).

Los de su religión entendidos como raza (“los de mi carne”) no siguen la idea de un Jesús Mesías ni la aceptación de gentiles sin circuncidar en el pueblo elegido. Pablo había de luchar contra esa idea y lo hizo mediante el razonamiento de la adopción. El razonamiento pudo ser el siguiente:
a) los gentiles no son judíos, y no pueden serlo;
b) son gentiles y no dejarán de serlo (no deben circuncidarse), pues las profecías incluyen a gentiles dentro del reino;
c) pueden ser adoptados como hijos de Yahvé: pertenecen a otra familia pero los admitimos según cierta lectura de los criterios legales.
Esto es lo que Pablo, recogiendo un término del derecho, denominó hyiothesía. La adopción antigua incluía costumbres que en la actualidad no son exactamente iguales: presentación a la familia y también al culto distintivo de la misma, incorporación al clan, a la fratría y a la tribu a la que se perteneciera según el caso, siempre con la ineludible aceptación de los restantes miembros de estas instituciones sociales. En general se acompañaba de la redacción de un testamento. Desde el punto de vista religioso era una ceremonia bastante importante, pues, como ya se ha visto, la religión era una forma de integración y participación de la sociedad y de certificación de los derechos de ciudadanía.
En la mitología clásica sólo hay un caso de adopción divina, pero parece que realmente importante como modelo cultural que permitiera la aceptación de Jesús como hijo de Yahvé para un pagano. Se trata del mortal Heracles, hijo natural de Zeus, que, una vez muerto en la pira funeraria, ascendió al Olimpo y allí fue recibido por los dioses. Tras esta recepción, Zeus persuadió a Hera, su esposa, de que aceptara al bastardo Heracles en la familia olímpica, lo cual ocurrió.
Por otro lado, esta costumbre era común en el mundo romano. Quizá el ejemplo más importante por trascendencia histórica y por frecuentemente comentado, es el de Octavio, el futuro primer emperador, que fue adoptado como hijo por Julio César. Una vez muerto éste y decretada su divinización , la adopción permitió al joven acuñar moneda con la inscripción F. DIVI IVLI, “hijo del divino Julio”, lo cual abrió el camino para su declaración como Augusto.
Así, mediante la adopción, los gentiles entrarían a ser ciudadanos del reino sin dejar de ser de otra nación y podrían ser incorporados al olivo que representaba el resto bueno: un olivo que podía ser podado de las ramas que no daban fruto (aquella imagen del Bautista que aceptó el Galileo) e injertado con ramas de olivo silvestre, emparentadas por haber sido creadas también por Yahvé, pero no iguales al olivo agrícola, el pueblo elegido. Un olivo que proporcionaba el aceite para ungir al primero y a los restantes hijos de Yahvé.
 
Saludos cordiales.

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