El culto a los santos.

El culto a los santos.

El cenotafio de Jesús de Nazaret en Jerusalén es peculiarmente parecido a los de las familias imperiales. Su corte de santos, también.

Mosaico del ábside de la iglesia de Santa Pudenziana, Roma. Jesús imperial con su corte de apóstoles. Fotografía de Eugenio Gómez Segura.

Al estudiar la historia del Santo Sepulcro de Jerusalén resulta muy interesante apreciar cuánto se parece su núcleo a los enterramientos que las diferentes familias imperiales usaron a lo largo de los siglos de poder de Roma en el Mediterráneo.

Maqueta del Santo Sepulcro original. Museo Torre de David, Jerusalén
Maqueta del Santo Sepulcro original. Museo Torre de David, Jerusalén. Fotografía de Eugenio Gómez Segura.

El primero de ellos, Augusto, inauguró la serie con un monumento redondo de estilo casi etrusco: un cilindro de piedra que soportaba un túmulo tradicional de la Toscana. Adriano siguió con esa idea casi frente al del fundador, aunque en la ribera contraria del Tíber. Y aunque la serie desapareció durante un tiempo, es de destacar que, cuando hizo falta retomar las antiguas tradiciones sobre el emperador y su conexión con los dioses, Majencio se preparó una extraordinaria tumba compuesta de una nave de cañón circular soportada por arquerías de gran efecto.

Villa de Majencio, Roma. Fotografía del autor Fotografía del autor.
Villa de Majencio, Roma. Fotografía de Eugenio Gómez Segura.

La idea no iba a pasar desapercibida y en la familia de Constantino el Grande triunfó la idea: el mausoleo de Santa Constanza es similar al de Majencio, y lo mismo puede decirse del de Santa Elena.

La amalgama de tradiciones se había enriquecido con el Panteón que Adriano dedicó a todos los dioses, y los motivos paganos como amorcillos vendimiando o pisando uva y trasegando vino ya aparecían en el mausoleo de Santa Constanza. Que el cenotafio de Jesús incorporara la estructura circular como centro de culto no es, por tanto, cuestión de suerte.

Pero también la corte imperial iba a aparecer en el arte sacro de la época paleocristiana. Si en algunas pinturas de las catacumbas encontramos a los apóstoles adornados con una túnica que recuerda poderosamente la senatorial, con su banda púrpura en un lado, igualmente se incorporaría a los integrantes del consejo imperial cristiano en la iconografía al estilo de un emperador: Jesús en el centro entronizado y los apóstoles a su lado como verdaderos senadores. El mejor ejemplo de este tipo de representación es, sin duda, el ábside de la iglesia de Santa Pudenziana, en Roma, muy cerca de la basílica de Santa María la Mayor. En este caso, el consejo celestial aparece rodeado de arcadas monumentales al estilo de un gran patio palaciego y la majestad (cuyo rigen es la palabra maior, “más grande”) es manifiesta.

No hace esta imagen otra cosa que recoger, de alguna manera inconsciente, la estructura que las religiones antiguas tenían sobre los seres divinos: una cúspide que presidía un consejo divino (que ya aparece en la Ilíada, canto segundo), y una serie de dioses intermedios dedicados a la ayuda de los pobres humanos, que en nuestro caso serían los diversos santos de la cristiandad.

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