Del culto de los difuntos al culto de los santos (4).

Del culto de los difuntos al culto de los santos (4).

Los mártires de las persecuciones romanas forman una buena parte de quienes se encuentran en el grupo de los considerados santos. El respeto que los mártires alcanzaron entre sus compañeros de religión es una de las marcas de su futuro culto como tales. Pero parece que hay algo más que cristianismo en su desafiante actitud ante la muerte.

Calígula
Calígula. Fotografía tomada de Wikipedia.

La devotio era una práctica propia de la religión romana más antigua que, si bien prácticamente desapareció de los usos comunes, permaneció en la tradición y la ética religiosa del Imperio.

La devotio consistía en ofrecer la propia vida a los dioses para lograr un bien para la ciudad de Roma. Este voto extremo tuvo al parecer pocas ocasiones de celebrarse. La primera gran cita de la devotio con la historia tuvo lugar en la batalla del Vesubio, disputada en el año 340 antes de nuestra era. Para sofocar la revuelta que los habitantes de Campania y otras regiones al sur de Roma habían iniciado contra ésta, los romanos habían enviado un ejército compuesto por cuatro legiones, dos dirigidas por el cónsul Publio Decio Mus, las otras dos por otro cónsul, Tito Manlio Torcuato. El caso es que, según cuenta el historiador Tito Livio, ambos cónsules soñaron que los dioses les avisaban que el triunfo caería en favor del ejército cuyo general muriera en combate ofreciendo su vida a la Madre Tierra y a los dioses subterráneos. Los cónsules tomaron la decisión de entregar su vida si alguna de las legiones a su mando estaba en peligro inminente de ser derrotada. Cuando la batalla tuvo lugar, fue Publio Decio Mus quien ofreció su vida. Para ello habló con el pontífice M. Valerio:

Necesitamos la ayuda de los dioses, M. Valerio. Ea, pues, Pontífice público del pueblo romano, ve pronunciando delante las palabras con las que yo me consagre por las legiones. El Pontífice le ordenó que tomara la toga pretexta, y una vez cubierta la cabeza y llevada la mano bajo la toga hacia el mentón, le ordenó que, estando de pie sobre una espada arrojada al suelo, repitiera una a una estas palabras: “Jano, Júpiter, Padre Marte, Quirino, Belona, Lares, dioses Novensiles, dioses Indigetes, dioses, bajo cuya potestad estamos nosotros y los enemigos, Dioses Manes, os suplico y ruego con veneración, os pido y consigo que concedáis al pueblo romano de los Quirites la fuerza y la victoria, y a los enemigos del pueblo romanos de los Quirites los llenéis de terror, de espanto y los sepultéis en la muerte. Tal como lo he pronunciado con mis palabras, así también ofrezco conmigo por la República de los Quirites, por el ejército, las legiones y los auxiliares del pueblo d ellos Quirites, a las legiones y auxiliares de los enemigos a los dioses Manes y a la Tierra” (Traducción de J. Guillén). Tito Livio, VIII, 9, 4-8.

El sacrificio personal se llevó a cabo: Decio se arrojó contra los enemigos, que quedaron paralizados por el terror que les inspiró una actitud tan loca (locura y divinidad solían estar asociadas). El momento fue aprovechado por las legiones para rehacerse y para, poco a poco, derrotar a los enemigos.

Esta entrega a la República, al bien público, en definitiva, posteriormente parece haber conocido otros ejemplos: en la batalla de Sentino (295 a. C.) Publio Decio Mus hijo repitió la heroicidad de su padre; en la batalla de Asculum (279 a. C.) otro Decio, según Cicerón, se arrojó a las flechas enemigas.

Esta ceremonia de último recurso acabó por engrandecer la idea de la entrega a la patria, aunque con el tiempo se vio redirigida hacia el culto al emperador. Sabemos que como parte del mismo los romanos consideraban que debían ofrecer sacrificios al emperador para que intermediara entre los dioses y los súbditos, y eso, junto a otras cosas, llevó a una peculiar anécdota: Calígula, famoso por sus locuras, cayó enfermo en cierta ocasión. Algunos incautos se atrevieron a ofrecerse como gladiadores para que éste sanara y otros, incluso, ofrecieron sus cabezas para tal fin (Suetonio, Calígula 14, 2). El gracioso emperador les recordó después sus votos y les exigió cumplirlos (Suetonio, Calígula 27, 2).

La verdad es que todo esto podría haber quedado en simples anécdotas más o menos verídicas de no ser por un último ejemplo de devotio: la del propio emperador Claudio II el Gótico en la batalla de Naissus (Nis). Cuenta Amiano Marcelino (Res Gestae 16, 10, 3) que en el año 269 este emperador ofreció a los dioses su vida por la victoria del ejército contra los godos. El caso es que, bien por una plaga, bien por viruela, Claudio II murió, y la tradición afirmó que ése era el pago por la victoria. Fue inmediatamente convertido en dios. Es decir, fue recompensado por su entrega asumiendo la forma más perfecta de vida.

La devotio, aun siendo (podríamos decir) un fantasma a lo largo de la historia de Roma, fue un hecho cultural que pudo haber conformado una suerte de entrega por la causa, una suerte que, más allá de los hechos, llevara a muchos cristianos a entregarse (como sabemos) durante las persecuciones para ofrecer su vida a la divinidad. Algunos de estos fueron después considerados santos.

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