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Del culto de los difuntos al culto de los santos (3).

Del culto de los difuntos al culto de los santos (3).

El mundo clásico conoció un tipo de muerte honrosa que funcionó como un modelo ético de cierta importancia social, política y filosófica: la entrega a la muerte respondiendo a ciertos ideales.

Muerte de Séneca, de Manuel Domínguez.
Muerte de Séneca, de Manuel Domínguez. Museo del Prado.

Entre las muertes más admiradas en el mundo clásico figuran las de Aquiles y Héctor porque un héroe mítico también es un modelo con el que aprender a morir. Mediante el patrón de los héroes en Grecia se aprendía a morir y revivir para siempre en la memoria colectiva. La muerte como un hecho cultural de primera magnitud. Así, Aquiles y Héctor pueden ser modelo de la aceptación consciente y valiente del final. En el canto XVIII de la Ilíada, el primero desvela a su madre, la diosa Tetis, que está decidido a aceptar su muerte (vv. 88-92) Todas las traducciones de E. Crespo Güemes):

…Mas sucedió así para que sufrieras penas infinitas en el alma
por el fallecimiento de tu hijo, a quien no volverás a dar
la bienvenida de regreso a casa, pues mi ánimo me manda no
vivir ni continuar entre los hombres, a menos que Héctor
pierda antes la vida abatido bajo mi lanza…

Y poco después continúa (vv. 115-121):

…Mi parca yo la acogeré gustoso cuando Zeus
quiera traérmela y también los demás dioses inmortales.
Ni la pujanza de Hércules logró escapar de la parca,
aunque fue el mortal más amado del soberano Zeus Cronión,
sino que el destino lo doblegó y además la dura saña de Hera.
Así también yo, si el destino dispuesto para mí es el mismo,
quedaré tendido cuando muera.

En cuanto a nuestro segundo héroe, Héctor, el canto XXII ofrece su muerte frente a Aquiles. De todo este canto destaca el pasaje en que finalmente reconoce que ha llegado su hora (vv. 297-305):

¡Ay! Sin duda los dioses ya me llaman a la muerte.
Estaba seguro de que el héroe Deífobo se hallaba a mi lado;
pero él está en la muralla, y Atenea me ha engañado.
Ahora sí que tengo próxima la muerte cruel; ni está ya lejos
ni es eludible. Eso es lo que hace tiempo fue del agrado
de Zeus y del flechador hijo de Zeus, que hasta ahora me
han protegido benévolos; mas ahora el destino me ha llegado.
¡Que al menos no perezca sin esfuerzo y sin gloria,
sino tras una proeza cuya fama llegue a los hombres futuros!

Observemos cómo ambos héroes arrostran el final con la misma entereza, si bien envueltos en una moral nobiliaria y guerrera que, con todo, no obsta para convertirlos en modelos a la hora de asumir la muerte como final de todo, una concepción expresada a propósito del destino de Héctor (vv. 361-363):

Apenas hablar así, el cumplimiento de la muerte lo cubrió.
El aliento vital voló de la boca y marchó a la morada de Hades,
llorando su hado y abandonando la virilidad y la juventud.

Estas dos muertes mitológicas se convirtieron en muertes que culturalmente fueron reales: la muerte voluntaria, aceptando el final y renunciando a una vida normal, se convirtió en un hecho real. Una manera de apreciar la trascendencia de las ideas en la realidad del comportamiento de la humanidad puede ser la que ofrecen los casos de los ilustres romanos que prefirieron la muerte honrosa a la vida sin honra (el dulce et decorum est propatria mori de Horacio). Ejemplos de tales actos de valentía personal digna de la mayor alabanza por los contemporáneos y las generaciones futuras fueron (y siguen siendo), los siguientes:

– Catón el joven, que se suicidó en Útica para no ver las maldades de César;

– Ático, amigo de Cicerón, que tras muy duradera enfermedad decidió poner fin a su vida;

– Séneca, bajo la presión de Nerón, se convirtió en modelo del filósofo que acepta la muerte tal como había ocurrido con Sócrates.

No quiere esto decir que los filósofos tuvieran una forma estereotipada de suicidarse, sino que había una cultura de la aceptación de la muerte que dignificaba y convertía en merecedor de La buena reputación, la seguridad de ser elogiado tras la muerte, de tributar honores a quien la llevaba a cabo, fueron posiblemente motivos culturales para arrostrar los últimos momentos de la vida. Y hubo muchos más, como la devotio, de la que hablaremos la próxima semana.

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