«30 Monedas»: la importancia de las reliquias (2).

«30 Monedas»: la importancia de las reliquias (2).

Continuamos comentando ideas básicas para aprovechar mejor la serie “30 monedas”. En esta ocasión hablaremos de algunos datos que proporciona la arqueología del antiguo Egipto.

Tumba de Djer. Fotografía tomada de www.touregypt.net

El mundo de las reliquias está ineludiblemente unido al mundo funerario. Como veremos a lo largo de estas semanas, la arqueología funeraria es una de las vías más importantes para hacerse una clara idea de lo que significan las reliquias. En esta segunda entrega Egipto nos proporciona un material excelente tanto por razones materiales como en lo referido a los rituales y los mitos, además de apuntar hacia un aspecto notable de lo relativo a las reliquias: su relación con el poder.

En el yacimiento arqueológico de Abidos (también denominado Abdju) han aparecido las tumbas de los faraones de las primeras dinastías del país unificado, fechadas entre los años 3000 y 2700 antes de nuestra era. Estas tumbas, muy diferentes por su forma a las pirámides, no desmerecen, sin embargo, en cuanto a importancia arquitectónica y cultural. El uso de ingentes cantidades de adobes destinados a la conmemoración de los monarcas se corresponde con una igualmente abrumadora presencia (cuando ha sido posible recuperarlos) de objetos de lujo tanto por su técnica de fabricación como por los materiales empleados en la misma.

La idea de conmemoración es importante para entender tanto estas edificaciones como el valor de las mismas y de las reliquias. El vocablo “conmemorar” deriva de la raíz indoeuropea *(s)mer, “recordar”, que también da en griego “mártir”, término muy importante en lo referido a las reliquias. Esta labor de recordar tiene una raíz alternativa, *men/mon/mn, que da “mnemotecnia” o, más interesante ahora para nosotros, “monumento”. Porque un monumento sería una construcción pensada para recordar a alguien.

Algunas de estas construcciones monumentales de Abidos constaban de un impresionante muro que circundaba áreas sagradas; otras eran una cubierta gigantesca hecha de adobe en forma de paralelepípedo destinado a recordar la presencia debajo de ellas de las tumbas propiamente dichas.

Por otra parte, la elección de Abidos como lugar de enterramiento y conmemoración parece depender de cierto estatus de la localidad como zona ancestral para el enterramiento de reyes del sur de Egipto.

Pero esta tradición, como cualquier cosa que se extienda a lo largo de tres milenios, sufrió los avatares de las modas, las fluctuaciones económicas y los vaivenes de la vida en general. Tras ser abandonada como lugar de enterramiento preferente de los faraones y alcanzar las tumbas de éstos la forma y dimensiones de las pirámides, Abidos revivió como centro de conmemoración de Osiris. Este dios, famoso por ser el rey de los difuntos, tras haber sido despedazado ya muerto pudo engendrar en Isis a un sucesor, Horus, el rey de los vivos, el faraón-dios que presidía Egipto. Esta imagen de Osiris descuartizado puede entenderse como un refuerzo del milagro: si a la condición de muerto añadimos la de despedazado, tal como a la de las semillas de trigo añadimos la molienda para convertirlas en harina, la posibilidad de dar vida (tanto el pan como Osiris) resultan aún más sorprendentes, pues ambos sujetos, Osiris y el grano, ya no serían reconocibles tras molerlo o descuartizarlo.

Pero, como ya he indicado anteriormente, la relación entre recuerdo y poder, entre reliquia y poder es muy importante. En Abidos parece que Seti I y Ramsés II pensaron que el lugar estaba asociado con la transmisión de la cualidad de rey, de ahí que estos dos faraones pensaran en rehabilitar el recuerdo de los antiguos reyes de las primeras dinastías, cuyos nombres, sin embargo, ya habían sido olvidados aunque eran considerados como “ancestros” reales.

Las tumbas de las primera dinastía, en efecto, fueron cruciales en la renovación de la monarquía y no porque fueran comprendidas como lo que realmente eran, antiquísimas tumbas reales, sino porque la tumba de uno de aquellos lejanos monarcas, Djer, fue identificada como la tumba del mismísimo Osiris. Como Osiris, dios del cereal, dador de vida una vez muerto, rey de los difuntos, era considerado una suerte de “Primer rey”, es decir, fuente de la autoridad que convertía a un faraón en faraón, su “tumba” acabó por ser lugar sagrado y demostración de una de las cualidades de las reliquias: la capacidad de transmitir ese algo divino que le falta a la humanidad.

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