Reina de los cielos (4): Isis.

Reina de los cielos (4): Isis.

Isis fue la diosa egipcia más famosa en época romana. Su popularidad llegó a todas las clases sociales y a muchos registros que habían sido coto de otras divinidades. Los cielos también fueron suyos.

Isis ya presentó en el tercer milenio antes de nuestra era una gran versatilidad. En el mito de Osiris, Horus y Set desempeñó varios papeles: protagonista de casi todas las partes del mito, aparecía como esposa y viuda ideales, como madre también ideal, madre del faraón; y también como diosa asociada a la medicina y la magia; como divinidad relacionada con el mundo funerario, como deidad de la ideología real.

Por otra parte, el transcurrir de los siglos llevó a Isis hasta una posición aún más importante: en el Reino Nuevo (1550-1100 a. C.) fue identificada con Hathor, que (como vimos en el anterior post) era diosa del cielo estrellado, y con Nut, vaca celestial. Debido a que Hathor-Nut habían sido asimiladas a Tefnut, la leona e hija de Ra, que este dios habría colocado ante él como serpiente y símbolo de la labor de gobierno, Isis fue además fue identificada con la idea de regencia del cosmos. A esto hay que añadir la presencia celestial de Isis en los cielos nocturnos en forma de Sirio, la estrella que anunciaba la crecida anual del Nilo. Esto implica que ella abría las puertas de la riqueza y la prosperidad a todo el país desde su posición celeste.

Por último, su convergencia con Neith otorgó a Isis un carácter cósmico. Según la inscripción que aparece en la tapa del sarcófago del faraón Merneptah, Neith era la vaca celeste, madre de Ra y señora de los restantes dioses, a quienes ordenó servir a Ra en la otra vida. Además, la confluencia con Neith (también identificada con Mehet-Weret) confiere a Isis el atributo de haber creado el mundo mediante siete sortilegios, es decir, creadora del mundo mediante la palabra.

Todo este material asociado a Isis en época grecorromana hizo que Plutarco pusiera en su boca las siguientes palabras (Isis y Osiris 6):

En Sais la estatua de Atenea sentada, a la que también consideran Isis, tenía una inscripción así: «Yo soy todo lo que ha sido, lo que es y lo que será y mi peplo jamás me lo levantó ningún mortal» (Trad. de Pordomingo Pardo y Fernández Delgado, Ed. Gredos).

Y al llegar al mundo romano, la extensión de Isis es ya cosmopolita: todo el Mediterráneo alberga imágenes y templos de la diosa, incluida Hispania (sólo mencionaré, por distantes, el templo de Baelo Claudia en Cádiz y la imagen de Clunia en Burgos). Su paso desde el Egipto más antiguo a esa época de los emperadores de la Ciudad Eterna recogió las ideas de viaje, guía, maternidad, magia, regente del cosmos, y acabó en un conglomerado del mayor atractivo.

Como reina de los cielos quizá sea muy interesante citar dos textos más: uno de la genial obra de Apuleyo El asno de oro (XI 5):

Aquí me tienes, Lucio: tus ruegos me han conmovido. Soy la madre de la inmensa naturaleza, la dueña de todos los elementos, el tronco que da origen a las generaciones, la suprema divinidad, la reina de los Manes, la primera entre los habitantes del cielo, la encarnación única de dioses y diosas; las luminosas bóvedas del cielo, los saludables vientos del mar, los silencios desolados de los infiernos, todo está a merced de mi voluntad; soy la divinidad única a quien venera el mundo entero bajo múltiples formas, variados ritos y los más diversos nombres… (Trad. Lisardo Rubio, ed. Gredos).

El segundo texto, esta inscripción de una dedicatoria a Isis, en este caso identificada también como la Buena Fortuna (SEG IX, 192):

A la Buena fortuna. Consagrado a Isis y a Serapis por el neócoro Agatodemo. Yo, Isis, reina única del tiempo, de la mar y de la tierra, inspecciono los límites, con el cetro en la mano y como única (divinidad). Todos me llaman diosa suprema, la más grande entre los dioses del cielo. Pues yo fui quien descubrió todo con mi trabajo. La escritura sobre los sellos lo muestra claramente, revelando todos mis inventos, los que yo he indicado a los mortales, los frutos de la vida. He llenado las ciudades de murallas augustas, y he dado a los mortales las ciencias para que las dominen. Sin mí nunca nada ha llegado a existir. Ni los astros siguen su camino si no han recibido antes mis instrucciones. La tierra no fructifica en primavera sin mi consentimiento… (Trad. tomada de J. Alvar, Los misterios, p. 57).

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