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Matrimonio sagrado (2).

Matrimonio sagrado (2).

Una forma fácil de apreciar la importancia que ha alcanzado este recurso teológico a la hora de explicar ciertos aspectos del mundo es, a mi modo de ver, cómo sirvió para describir el origen del mundo mismo.

Tellus, la Tierra, en el friso del Ara Pacis Augustae de Roma. Fotografía tomada de Wikimedia Commons.

La mitología griega ofrece una obra dedicada exacta y únicamente al tema del principio del cosmos, del mundo ordenado, la famosa Teogonía, escrita por Hesíodo hacia el año 700 antes de nuestra era. Su título responde etimológicamente a la idea de origen de los dioses (theós –génos), pero no es posible obviar que, más allá del nacimiento y peripecias de las divinidades, los primeros versos incorporan la aparición y distribución ordenada de los elementos naturales más importantes, aun tomando forma de deidad. Se trata, en términos cristianos, de una “creación” del mundo (Teogonía 116-124):

En primer lugar existió el Caos. Después la Tierra de amplio pecho, sede siempre segura de todos los Inmortales que habitan la nevada cumbre del Olimpo. Por último, Eros, el más hermoso entre los dioses inmortales, que afloja los miembros y cautiva de todos los dioses y los hombres el corazón y la sensata voluntad en sus pechos. Del Caos surgieron Érebo (Oscuridad) y la negra Noche. De la Noche a su vez nacieron Éter (Claridad) y el Día, a los que alumbró preñada en contacto amoroso con Érebo (Trad. de A. Pérez Jiménez y A. Martínez Díaz en Biblioteca Clásica Gredos).

Como puede apreciarse, la descripción del origen del mundo incluye un desorden que no puede contener por sí solo la idea de unión sexual. Pero una vez aparecido en primer lugar el elemento femenino, éste, gracias al principio de la sexualidad Eros y por propia fuerza interna y sin elemento masculino, da a luz a quien después producirá con ella por continuo apareamiento las sucesivas personalidades y elementos del cosmos. No hay ninguna duda de que, para los griegos, esta generación era sexual salvo algunos contados casos en que, de nuevo, la peculiaridad de lo femenino, la capacidad de dar a luz, aparecerá sublimada en Gea, la Tierra, concibiendo sola a monstruos.

La importancia del elemento sexual puede apreciarse en la vida misma de la humanidad, tal como expresó Mimnermo de Colofón en el comienzo de un poema (I, 1-4):
¿Qué vida hay, qué cosa agradable, sin la dorada Afrodita? ¡Ojalá muera cuando ya no me preocupen estas cosas: el cariño a escondidas, los regalos dulces como al miel y el lecho, que, como flores de la juventud, surgen deseados para hombres y mujeres!

La idea es también mesopotámica, como demuestra la aparición de los diferentes dioses, igualmente asociados en muchos casos a elementos de la naturaleza. En el poema babilonio conocido como Enûma Elish o Glorificación de Marduk el comienzo del poema refiere el comienzo del cosmos (I 1-9):

Cuando allá en lo alto el Cielo todavía no tenía nombre, y aquí abajo a la Tierra firme no ese le llamaba de ninguna manera, sólo Apsû, el primero, su progenitor, y Madre Tiamat, la generadora de todos, mezclaban, juntos, sus aguas, todavía no se habían juntado los bancos de cañas, ni se veían los cañaverales… Mediante Apsû-Tiamat los dioses fueron creados…Traducción española de F. J. González García de la francesa de J. Bottéro y S. N. Kramer, en su libro Cuando los dioses hacían de hombres, p. 618.

Como se puede apreciar, el orden no existía, por tanto, lo que definía el paisaje del Tigris y el Éufrates no existía: ríos, canales, cañaverales… El mundo agrícola. Hubieron de ser engendrados los dioses con sus atribuciones, elementos y poderes para después, una vez formado el mundo, éstos crearan el sustento de la humanidad, es decir, el orden generado por el flujo del tiempo y el trabajo agrícolas, sin duda también sexual, pues, como estamos viendo, no hubo en estos pueblos lógica sin reproducción sexuada, la única, por otra parte, existente hasta que, bien recorrido el siglo pasado, apareciera entre nosotros la fecundación artificial.

El comienzo del poema conocido como El árbol contra la caña expresa sexualmente este milagro divino:

La inmensa plataforma de la Tierra relucía. ¡Su superficie era verdosa! La espaciosa Tierra estaba revestida de plata y de lapislázuli, adornada con diorita, calcedonia, cornalina y antimonio, engalanada con un esplendor de vegetación y de hierba. ¡Tenía algo de soberana! ¡La augusta Tierra, la santa Tierra, se arreglaba para el Cielo, el prestigioso! Y el Cielo, ese dios sublime, hunde su pene en la Tierra espaciosa: Él, de un solo golpe, deposita en la vagina la simiente de los valientes Árbol y Caña. ¡Y ella, como una magnífica vaca, está completamente preñada de la rica semilla del Cielo! Traducción española de F. J. González García de la francesa de J. Bottéro y S. N. Kramer, en su libro Cuando los dioses hacían de hombres, p. 492.

Cuando antes he mencionado que el cristianismo habló de creación quería indicar un fenómeno distintivo: cuando el judaísmo abandonó el politeísmo de la Edad del Hierro  y abrazó el henoteísmo para después pasar al monoteísmo, hubo de confiar en un solo dios, de tradición masculina además, para llevar a cabo la aparición del mundo, de manera que no era posible acudir a ideas relacionadas con el parto y sí con otras derivadas de la idea de oficios, aspecto socialmente ejecutado por varones. El de la alfarería fue idóneo, y el matiz de creación ocupó el lugar de la concepción y alumbramiento (idea que el cristianismo heredó del judaísmo).

La sexualidad, por tanto, no fue un problema moral ni religioso, sí lo fue en cuanto a normas de ámbito económico, principalmente derivadas de las herencias, paternidad y otras marcas confusas. En este sentido, no hay que olvidar, por ejemplo, que el judaísmo sólo admite la herencia de la raza a partir de la madre, y que, en Grecia, sin ir más allá, la realeza estaba condicionada por la reina madre. Por eso el pobre Menelao debía recuperar a su infiel Helena de los brazos de Paris: sin reina (Helena era la descendiente real), él no era rey.

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