logos@eugeniogomezsegura.es

Matrimonio sagrado (1).

Matrimonio sagrado (1).

La fecundidad de la mujer ejerce influencia sobre la fecundidad del campo, pero a su vez la opulencia de la vegetación ayuda a que la mujer conciba. Mircea Elíade, Historia de las religiones.

Noche de bodas de Zeus y Hera, Metopa del Heraion de Selinunte. Tomada de https://i.pinimg.com/originals/a3/1d/29/a31d2973da1615fed81226752a8c3c51.jpg

Un hecho religioso de gran importancia en las religiones agrarias antiguas es la aceptación de la sexualidad como elemento de la vida natural. No sólo aceptación, sería mejor hablar de conciencia del valor de la sexualidad para la continuidad de la vida. Esta relación se expresa en primer lugar en un nivel llamémosle cósmico, pues es la vegetación en general la beneficiada por los actos sexuales divinos, especialmente si tienen lugar en plena naturaleza. Esta unión sagrada se conoce como hierogamia o matrimonio sagrado.

Estas ideas no son esporádicas, al contrario, aparecen en muchas mitologías y en muchas ceremonias celebradas anualmente. Un ejemplo muy interesante de todo esto es un pasaje de la Ilíada que presenta a Zeus, dios de la lluvia, y a Hera, diosa por antonomasia del matrimonio. Ambos esposos son los protagonistas de un encuentro sexual con sorprendentes resultados. La escena es, además, un muy completo ejemplo del sistema de relaciones entre sexualidad y vegetación.

Dice Hera:
Yo no osaría regresar a tu morada después de levantarme del lecho: vituperable sería. Mas si es eso lo que deseas y se ha tornado grato a tu ánimo, tienes a tu disposición el tálamo que te fabricó tu hijo Hefesto, que ha ajustado las espesas puertas a las jambas. Vayamos allí a acostarnos, ya que el lecho te place.
En respuesta le dijo Zeus, que las nubes amontona:
¡Hera! No temas que uno de los dioses o de los hombres vaya a verlo: yo echaré para envolvernos una nube que será áurea, y ni siquiera el Sol podrá traspasarla con su vista, aunque su luz es lo que tiene la mirada más penetrante.
Dijo, y el hijo de Crono estrechó a su esposa en los brazos. Bajo ellos la divina tierra hacía crecer blanda hierba, loto lleno de rocío, azafrán y jacinto espeso y mullido, que ascendía y los protegía del suelo. En ese tapiz se tendieron, tapados con una nube bella, áurea, que destilaba nítidas gotas de rocío. (Ilíada XIV 335-351, traducción de Emilio Crespo Güemes).

Si a esto añadimos que esas religiones no rechazaban la sexualidad convirtiéndola en el origen del mal en el mundo, no ha de extrañar que aparezcan mitos y ceremonias en las que queden asociadas estas ideas con un carácter benéfico. Es más, las uniones sexuales entre divinidades o entre divinidades y mortales funcionarán como mágico desencadenante de la fecundidad general tanto de los campos como de las mujeres, una comparación muy habitual. De ahí también la importancia de la agricultura como fuente de vocabulario sexual. En cuanto la subsistencia se asoció a la agricultura, las relaciones entre sexo y labores agrícolas se establecieron apara quedarse.

La mitología griega incluye algunas escenas sobre este tema. Una de clara implicación simbólica es el amor entre la diosa de la agricultura, Deméter, y Yasión. Durante las bodas de Cadmo y Harmonía la diosa se enamoró del joven Yasión, que correspondió a los deseos de ésta y la acompañó a un campo en barbecho que había empezado a ser labrado con tres surcos (Odisea V, 124-128). Sobre ese campo se unieron y de esa unión nació Pluto, dios de la riqueza del campo. Pluto, según Hesíodo (Teogonía 969-974) va por la tierra toda dando a quien “se arroja en sus brazos”, es decir, trabaja el campo, riqueza y prosperidad.

Etiquetas:

Entradas relacionadas