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Adonias (2).

Adonias (2).

De las fiestas dedicadas a Adonis en julio conservamos un valioso testimonio en un poema del escritor siracusano Teócrito. El inolvidable idilio XV muestra a dos mujeres que, tras tiempo sin verse, van a la ceremonia celebrada en los jardines del palacio de la reina Arsínoe.

En el poema se encuentra no sólo el ambiente de la fiesta, la muchedumbre por las calles y algunos detalles sobre la vida cotidiana femenina y las discrepancias entre el carácter de hombres y mujeres. Teócrito también añadió la letra de una canción compuesta para ser cantada por una mujer en el escenario que representaba a la pareja Afrodita y Adonis tumbados en sendos lechos durante su reunión anual en primavera.

La unión de la diosa y el semidiós culminaba con la presentación de los frutos que en la estación habían logrado los trabajos del campo. Es muy interesante el retrato del escenario que pinta en siracusano: enramados que daban sombra a la pareja en una suerte de lugar idílico para su encuentro, tiestos representando las plantas que compondrían ese cuadro amoroso, y bandejas de frutos, pasteles, etc., indicando lo que podría interpretarse como un “matrimonio sagrado” la unión entre diosa y dios que redunda en la feracidad vegetal y, por ende, de la humanidad.

Es también notable la referencia a la ceremonia del día siguiente a esta celebración del amor, la despedida como funeral del ya difunto Adonis. Se celebraba (si era posible) en la orilla del mar (un elemento natural frecuentemente asociado a la muerte), con cánticos fúnebres (la endecha mencionada en el texto), y al amanecer, cuando se llevaban a cabo estas ceremonias.

También es de destacar la similitud que presenta la escena del poema con el tipo de ceremonia habitual en muchas fiestas populares, en las que se canta, ofrece, festeja a vírgenes y santos con altares floridos, sombras para cubrir las imágenes y procesiones festivas.

La traducción el poema es la correspondiente al volumen Bucólicos griegos de la Biblioteca Clásica Gredos. Es obra de Manuel García Teijeiro y M.ª Teresa Molinos Tejada.

Soberana que amas a Golgos, y a Idalio, y al escarpado Érice, Afrodita, que con el oro jugueteas, ¡cómo, tras de doce meses, del Aqueronte de corriente eterna a Adonis te han traído las Horas de suaves pies! Las queridas Horas, que son las más tardas de todas las deidades, pero que llegan siempre deseadas con algún bien para todos los mortales. Diosa de Chipre, hija de Dione, tú has hecho de Berenice una inmortal de mortal que ella era, según narran los hombres, derramando unas gotas de ambrosía en su pecho de mujer. Y en honor tuyo, Señora de muchos nombres y de muchos templos, la hija de Berenice, tan bella como Helena, Arsínoe, acoge a Adonis con todos los honores. A su vera se hallan todos los frutos que la estación produce; a su vera, los gráciles jardines cobijados en macetas de plata; vasos de oro con perfume sirio; cuantos manjares elaboran las mujeres en la amasadera, combinando toda suerte de colores con la blanca harina; cuantos componen de dulce miel y de líquido aceite. Todos los animales del aire y de la tierra aquí están junto a él. Se han levantado verdes enramadas, cargadas de tierno eneldo, y por encima revolotean Amores niños, cual jóvenes ruiseñores volando de rama en rama. ¡Ay, ébano! ¡Ay, oro! ¡Ay, águilas de blanco marfil que le lleváis a Zeus Crónida el muchacho que a ser su copero! Encima, cobertores de púrpura más blandos que el sueño. Mileto y el que pastorea en Samos podrán decir, “Un nuevo lecho está dispuesto para el bello Adonis”. A él lo estrecha en sus brazos la diosa de Chipre, a ella la tiene en sus brazos de rosa Adonis. Dieciocho o diecinueve años cuenta el novio, su beso no pincha, en torno al labio aún se le mantiene el rubio bozo. Goce ahora Cipris con su amante. Al alba nosotras todas juntas, con el rocío, lo llevaremos fuera, a las olas que salpican la orilla. Sueltos nuestros cabellos, con las vestes colgando hacia nuestros tobillos, desnudos los pechos, comenzaremos el sonoro canto.

Sólo tú, caro Adonis, entre los semidioses, como es fama, vienes acá y vuelves al Aqueronte. No alcanzó Agamenón tal fortuna, ni el grande Ayante, el héroe de la cólera terrible, ni Héctor, el mayor de llos veinte hijos de Hécuba; no la alcanzó Patroclo, no la alcanzó Pirro, cuando tornó de Troya, ni los lápitas y los hijos de Deucalión, que son aún más antiguos; no la alcanzaron los Pelópidas ni los pelasgos, caudillos de Argos. Senos propicio ahora, sénoslo el año próximo, caro Adonis. Contentas te hemos hoy recibido, Adonis, y cuando vuelvas serás bien recibido.

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